lunes, 13 de abril de 2015

Sobre lo último de Vallejo

Fernando Vallejo fue invitado, hace cuestión de unos días, a dar su opinión durante la Cumbre Mundial del Arte y Cultura por la Paz. El resultado obvio —para quienes conocen a Vallejo— fue descargar su conocido carcaj retórico contra sus enemigos de siempre: políticos, guerrilla, papa. Los organizadores del evento sabían de antemano que el autor de La virgen de los sicarios se lanzaría en contra del proceso de paz, y por la misma razón lo invitaron. Los enemigos del proceso alabaron las palabras de Vallejo — “es que la verdad duele” se vio en más de un comentario en Facebook, YouTube y Twitter—, sus fanáticos aplaudieron y los demás se escandalizaron o bien repudiaron las palabras de Vallejo.

En lo personal, considero que llamar a Vallejo fue un error;  no por el ácido vertido contra el discurso de paz, sino porque, como oposición al proceso, tiene más bien poco que decir.

Considero a Vallejo uno de los pocos, y últimos, verdaderos intelectuales colombianos. Hombre entendido en materias distintas como idioma, religión, física y química, su percepción del conflicto colombiano se limita a sus recuerdos de la Violencia y las guerras de sicarios de Medellín. En comparación a Alfredo Molano, con toda una vida de estudios alrededor del campo, el origen de las guerrillas y su guerra contra el Estado, Vallejo apenas tiene la lectura distante de alguien cuya opinión se ha quedado en un cúmulo de certezas. Más aporte al debate habrían dado personalidades de la extrema derecha, como el halcón Alfredo Rangel, el “pensador” del uribismo José Obdulio Gaviria, o el Goebbels colombiano Fernando Londoño. Obviamente estos paladines de la guerra y la muerte se habrían negado a asistir, pero son estos quienes representan a esos incontables colombianos seguros que no hay paz más cierta que la de un país lleno de cementerios y fosas comunes donde la “izquierda” repose sus torturados huesos.

De nuevo, como en anteriores posts, me pregunto sobre el valor o el aporte de los intelectuales. ¿Quiénes son? Sin duda —y ya lo he dicho— no esos profesores de universidad pública y privada, dedicados a la manufactura de incomprensibles textos para revistas indexadas, en los que, entre cifras, cuadros y citas, nos dicen que todo sigue igual, que nada cambia y todo va para peor. Tampoco lo son los políticos columnistas, ni menos los ideólogos de biblioteca pública, con sus manoseados tomos de El Capital en versión resumida para estudiantes.

¿Deben ser entonces los escritores quienes sostengan los debates? Con la polarización del país cualquier duda parece arriesgada, y los autores, en su mayoría, prefieren no envolverse en política, bien porque en administraciones pasadas tuvieron su cargo y sueldo, o bien porque esperan uno, eventualmente o algún día en que la venta de libros no dé para mucho.

Es un gusto escuchar a Vallejo hablar sobre la historia de la Iglesia católica, sobre gramática, sobre sus ídolos personales —Silva, Cuervo, Barba Jacob— o incluso sobre teoría evolutiva. Qué puede decir sobre un complejo conflicto de tierras y derechos que es nuestra guerra civil. Desde hace años se sabe que ante cualquier entrevista que mencione política y país Vallejo despotricará con el mismo zurrón de frases, pero ni ahora ni antes, ni siquiera en su juventud de cineasta, ha tenido una posición política formada por algo más conciso que el recuerdo, y este se le puede buscar sin mayor esfuerzo entre Mi hermano el alcalde, Los días azules y La virgen de los sicarios.

En suma, a los escritores leerlos.