viernes, 26 de junio de 2015

¿Puede la lectura hacerte más feliz?

Por Ceridwen Dovey  

Hace muchos años me fue dado como obsequio una sesión a distancia con un biblioterapeuta en el cuartel general de la School of Life (Escuela de la vida) en Londres, la cual ofrece cursos innovadores para ayudar a las personas a tratar con los retos emocionales diarios de su existencia. Debo admitir que al principio no me gustaba realmente la idea de recibir una lectura como "receta". Generalmente he preferido imitar el apasionado compromiso de Virginia Woolf con la serendipia en mis descubrimientos personales de lectura, deleitándome no solo con los libros en sí, sino en la significativa naturaleza de cómo llegué a ellos (en el bus después de una ruptura, en un hotel para mochileros en Damasco, o en la oscuridad de los anaqueles de la universidad, mientras ojeaba libros en vez de estudiar). Siempre he sido cautelosa con el evangelismo de ciertos lectores: que debes leer esto, dicen, mientras te confían un libro con un brillo beatífico en sus ojos, sin comprender el hecho de que los libros tienen distintos significados para las personas —o cosas diferentes para una misma persona— en momentos diversos de sus vidas. Por ejemplo, me encantaron los relatos sobre los Maple de John Updike cuando andaba por los veinte años, y ahora que ando por los treinta los odio, y ni siquiera sé con exactitud por qué.
            Pero la sesión era un obsequio, e inesperadamente me encontré disfrutando el cuestionario inicial sobre mis hábitos de lectura que la biblioterapeuta Ella Berthoud me había enviado. Nadie me había hecho antes esas preguntas, a pesar de que leer ficción ha sido siempre una parte esencial de mi vida. Me encanta atragantarme de libros durante largos descansos —“empaco más libros que ropa”, le dije a Berthoud—. Le confié el inconfesable secretico de que no me gusta comprar o tener libros, y siempre prefiero obtenerlos de la biblioteca (lo cual, como escritora, no me genera un buen karma en cuanto a lo de vender libros). En respuesta a la pregunta "¿Qué es lo que le preocupa en el momento?", me sorprendí por lo que deseaba confesar: le escribí que me preocupaba no tener los recursos espirituales para asirme contra la futura desolación por la pérdida de un ser querido. "No soy religiosa, y no me interesa particularmente serlo, pero me gustaría leer más acerca de las reflexiones de otras personas cuando se trata de llegar a alguna extraña forma de fe en un 'poder superior' como una táctica de supervivencia". El solo responder a esas preguntas me hizo sentir mejor, más ligera. 
            Tuvimos una interesante retroalimentación mediante correo electrónico, con Berthoud indagando cada vez más a fondo, preguntando acerca de mi historia familiar, mi miedo y dolor y, cuando ella envió su prescripción final de lectura, esta estaba llena de joyas, ninguna de las cuales había yo leído antes. Entre las recomendaciones estaba The Guide, de R. K. Narayan. Berthoud me escribió que era "una encantadora historia acerca de un hombre que empieza su vida laboral como guía turístico en una estación de tren en Malgudi, India, pero de ahí va a través de múltiples ocupaciones antes de encontrar su inesperado destino como guía espiritual". Ella había elegido este libro porque esperaba que me dejara sintiéndome "extrañamente iluminada". Otro era El evangelio según Jesucristo de José Saramago: "Saramago no revela su propia posición espiritual aquí pero desarrolla una vívida y convincente versión de la historia que ya conocemos bien". Henderson the Rain King de Saul Bellow y Siddharta de Hermann Hesse estuvieron entre otras obras de ficción prescritas, e incluyó algunas obras de no ficción como The Case for God de Karen Armstrong, y Sum del investigador en neurología David Eagleman, un "breve y poderoso libro acerca de posibles vidas después de la muerte".
            Me encargué de los libros en la lista durante los siguientes dos años siguiendo mi propio ritmo —intercalada por mis propios "descubrimientos"— y aunque hasta ahora soy lo suficiente afortunada para no haber tenido que poner a prueba mi resistencia ante el dolor por la pérdida de un ser querido, algunos apartes que leí de estos libros me ayudaron a través de algo completamente distinto cuando, durante varios meses, soporté un intenso dolor físico. Estos apartes siguen siendo nebulosos, como generalmente es el aprendizaje a través de la lectura de ficción —aunque ahí yace su poder—. Sospecho que, en una época secular, leer es uno de los pocos senderos que quedan hacia la trascendencia, ese esquivo estado en que la distancia entre el ser y el universo se acorta. Leer ficción me hace perder todo sentido de identidad, pero al mismo tiempo me hace sentir esa identidad de manera más única. Como Woolf, la más ferviente de las lectoras, un libro "nos separa en dos al leer" ya que "el estado de la lectura consiste en la completa eliminación del ego", mientras promete una "unión perpetua" con otra mente.
            Biblioterapia es un término amplio para la antigua práctica de promover la lectura con efectos terapéuticos. El primer uso del término es por lo general asignado a un alegre artículo de 1916 en The Atlantic Monthly titulado "Una clínica literaria". En este el autor describe cómo se topó con un "instituto bibliopático" dirigido por un conocido, llamado Bagster, en el sótano de su iglesia, desde donde repartía recomendaciones de lectura con valor curativo. "Biblioterapia es… una nueva ciencia", explica Bagster. "Un libro puede ser un estimulante o un sedante, algo irritante o soporífero. El punto es que puede hacer algo contigo y tú debes saber qué es lo que hace. Un libro puede tener la naturaleza de un jarabe calmante o puede ser como una argamasa de mostaza".  A un cliente de mediana edad con sus "opiniones parcialmente osificadas" Bagster le da la siguiente prescripción: "Debe leer más novelas. No historias amenas que le hagan olvidarse de todo. Deben ser novelas exigentes, drásticas y constrictivas". (George Bernard Shaw encabeza el listado). Bagster termina ausentándose para encargarse de un paciente que ha "consumido una sobredosis de literatura de guerra", dejando al autor pensando en los libros que "ponen nueva vida en nosotros y luego encienden su pulso de manera lenta pero fuerte".
            Hoy día la biblioterapia tiene diferentes formas, desde cursos de literatura dirigidos a presos hasta círculos de lectura para personas mayores que sufren de demencia. A veces esto puede significar sesiones individuales o en grupo para lectores "no practicantes" que deseen recuperar su gusto por los libros. Berthoud y su amiga de hace muchos años, la también biblioterapeuta Susan Elderkin, practican más que todo la biblioterapia "afectiva", abogando por el poder restaurador del leer ficción. Ambas se conocieron mientras estudiaban en la Universidad de Cambridge, hacer cerca de veinte años, y fueron creando un vínculo gracias al intercambio de libros, en especial la novela de Ítalo Calvino Si una noche de invierno un viajero, la cual es en sí acerca de la lectura. A medida que su amistad fue desarrollándose empezaron a recetarse novelas entre sí para curar sus males, como una ruptura amorosa o la incertidumbre por su futuro profesional. "Cuando Suse estaba teniendo una crisis acerca de su profesión —quería ser escritora, pero dudaba que pudiera soportar los rechazos que vendrían inevitablemente— le di los poemas de Archi y Mehitabel de Don Marquis", me dijo Berthoud, "Si Archy la cucaracha podía ser tan dedicada a su arte como para saltar sobre la máquina de escribir para componer sus poemas en verso libre cada noche en las oficinas de Nueva York del Evening Sun, entonces seguramente ella podría estar lista para sufrir por su arte también". Años más tarde, Elderkin le dio a Berthoud, quien deseaba comprender cómo balancear el ser madre y ser pintora, la novela de Patrick Gale Notes from an Exhibition, acerca de la vida, complicada y exitosa, de una artista.
         Siguieron recomendándose novelas entre sí, así como a familiares y amigos, durante muchos años, y en 2007, cuando su compañero de Cambridge, el filósofo Alain de Botton estaba pensando en empezar la School of Life, le expusieron su idea de dirigir una clínica de biblioterapia. "Hasta donde sabíamos, nadie estaba haciendo algo así en ese momento", dijo Berthoud. "La biblioterapia, si es que de hecho existía, estaba más basada en un contexto médico, con un énfasis en libros de autoayuda. Pero estamos dedicados a la ficción como la última cura dado que proporciona a los lectores una experiencia de transformación".
         Berthoud y Elderkin trazan un método de biblioterapia que va desde los antiguos griegos, "Quienes escribieron a la entrada de una biblioteca en Tebas que este era un ‘lugar de alivio para el alma’”. La práctica por sí misma apareció hacia el final del siglo diecinueve, cuando Sigmund Freud empezó a utilizar la literatura durante sus sesiones de sicoanálisis. A muchos soldados que regresaban traumatizados a casa tras la Primera Guerra Mundial se les prescribía un curso de lectura. “A los bibliotecarios en Estados Unidos les fue enseñado cómo dar libros a los veteranos de la primera guerra, y hay una historia interesante acerca de las novelas de Jane Austen usadas por la misma época con propósitos biblioterapéuticos en el Reino Unido”, dice Elderkin. Décadas más tarde, la biblioterapia fue usada en distintas maneras en hospitales y bibliotecas, y ha sido retomada más recientemente por sicólogos, trabajadores sociales y encargados de personas mayores, así como doctores, como una manera viable de terapia.  
         Ahora hay una red de biblioterapeutas seleccionados y entrenados por Berthoud y Elderkin, y afiliados con la School of Life, trabajando alrededor del mundo, desde Nueva York hasta Melbourne. Los padecimientos más comunes que las personas suelen ser traerles son acerca de los cambios originados por crisis: como estar estancado en sus carreras, sentirse deprimidos en sus relaciones, o sufriendo alguna especie de pérdida. Los biblioterapeutas ven también a muchos retirados, quienes saben que tienen por delante veinte años de lecturas y quizá antes solo han leído novelas de crímenes y suspenso, y quieren encontrar algo nuevo que les dé algún apoyo. Muchos buscan ayuda en el proceso de ser padres. "Tuve un cliente en Nueva York, un hombre que acaba de tener su primer hijo, y estaba preocupado acerca de la responsabilidad por ese pequeño ser" dice Berthoud. "Le recomendé Room Temperature, de Nicholson Baker, el cual es acerca de un hombre que alimenta a su bebé y tiene toda clase de reflexiones acerca de ser padre. Y por supuesto Matar a un ruiseñor, ya que Atticus Finch es el padre ideal en la literatura".
         Berthoud and Elderkin son también autoras de The Novel Cure: An A-Z of Literary Remedies, el cuál está escrito en el estilo de un diccionario médico y relaciona afecciones ("Fracaso, sentirse como un") con sugerencias de lectura (La historia de Mr. Polly de H. G. Wells). Publicado originalmente en el Reino Unido en 2013, ya se ha publicado en dieciocho países, y, en un giro interesante, el contrato permite al editor local y especialistas en lectura adaptar hasta el veinticinco por ciento de las afecciones y recomendaciones de lectura para adecuarse a las particularidades de lectura de cada país e incluir más de sus escritores nacionales. Los nuevos padecimientos que se han adaptado son culturalmente reveladores. En la edición holandesa uno de los nuevos padecimientos adoptados es "tener una opinión demasiado alta de su propio hijo"; en la edición india se incluyen "orinar en público" y "adicción al cricket"; los italianos introdujeron "impotencia", "miedo a las autopistas" y "deseo de ser preservado", en la edición alemana se añadió "odiar al mundo" y "odiar las fiestas". Berthoud y Elderkin están trabajando ahora en una versión con literatura infantil titulado A Spoonful of Stories (Una cucharada de relatos), a salir en 2016.
         Para todos los ávidos lectores que se han automedicado con grandes obras durante toda su vida, la idea de la lectura como benéfica para la salud mental y las relaciones con otros, no es una gran revelación, pero es ahora que la razón exacta y el cómo están siendo aclarados, gracias a nuevas investigaciones sobre los efectos de la lectura en el cerebro. Desde el descubrimiento, a mediados de los años noventa, de las "neuronas espejo" —neuronas que se activan en nuestros cerebros tanto cuando realizamos una actividad como cuando vemos una esta actividad específica realizada por otros— la neurociencia de la empatía se ha hecho más clara. Un estudio publicado en 2011 en el Annual Review of Psychology, basado en análisis de lecturas cerebrales realizadas con resonancia magnética funcional, demostró que, cuando la gente lee acerca de una experiencia, muestran una estimulación en la misma región neuronal que actuaría si estuviese pasando por esa experiencia. Nos movemos por la mismas redes del cerebro cuando estamos leyendo historias y cuando estamos intentando adivinar los sentimientos de otra persona.
         Otros estudios publicados en 2006 y 2009 mostraron algo similar —que los lectores de ficción suelen tener una mayor empatía con otros (incluso después de que los investigadores tuvieran en cuenta el potencial sesgo de la investigación dado que la gente con mayor empatía prefiere leer novelas). Y, en 2013, un influyente estudio publicado en Science encontró que leer ficción literaria (más que novelas populares o literatura de no ficción) mejoraba los resultados de los participantes en una prueba para medir la percepción social y la empatía, lo cual es crucial para la "teoría de la mente"; la habilidad de adivinar con exactitud lo que otro ser humano puede estar sintiendo o pensando; una habilidad que los humanos solo empiezan a desarrollar alrededor de los cuatro años.
         Keith Oatley, novelista y profesor emérito en sicología cognitiva de Universidad de Toronto, ha dirigido durante muchos años un grupo de investigación interesado en la sicología de la ficción. En su libro de 2011 Such Stuff as Dreams: The Psychology of Fiction (Una materia como los sueños: la sicología de la ficción) escribió: "Hemos empezado a ver cómo ocurre la identificación con los personajes de ficción. Cómo el arte puede mejorar las habilidades sociales, cómo puede movernos emocionalmente y cómo puede promover cambios en la identidad". "La ficción es una especie de simulación, la cual se ejecuta no en computadoras sino en las mentes: una simulación identidades y sus interacciones con otros en el mundo social, basadas en la experiencia e involucrando la capacidad de pensar en posibles mundos futuros". Esta idea replica una creencia sostenida por largo tiempo entre lectores y escritores de que los libros son la mejor clase de amigos: nos dan la oportunidad de practicar interacciones con otros en el mundo sin ningún posible efecto perjudicial. En su ensayo de 1907 Sobre la lectura, Marcel Proust dice: "Con los libros no hay una sociabilidad forzada. Si pasamos la noche con estos amigos —los libros— es porque realmente queremos. Cuando los dejamos, lo hacemos con remordimiento, y cuando los terminamos, no hay ninguno de esos pensamientos que arruina las amistades, como '¿Cometí un error y dije algo insensible?', '¿Les agrado?', ni existe la ansiedad de ser olvidados tras ser desplazados por alguien más".
         George Eliot, de quien se dice superó la tristeza que le dejó perder a su compañero con ayuda de un programa de lectura guiada con un joven que terminó convirtiéndose en su esposo, creía que "el arte es lo más cercano a la vida; es un modo de amplificar la experiencia y extender nuestro contacto con otros más allá del enlace personal". Pero no todos están de acuerdo con esta idea de que el leer ficción mejore nuestra habilidad de hacernos mejores en la vida real. En su libro de 2007 Empathy and the Novel, Suzanne Keen enfrenta el concepto de la "hipótesis de la empatía y altruismo", y se muestra escéptica sobre si las conexiones de empatía generadas cuando se lee ficción realmente se traducen en altruismo y un mejor comportamiento social. También señala lo difícil que es probar tal hipótesis. "Los libros por sí mismos no pueden realizar cambios; y no todos sienten que deban cambiar", escribe Keen. "Como cualquier ratón de biblioteca sabe, los lectores también pueden ser asociales e indolentes. Leer novelas no es un deporte de equipo". Por el contrario, nos pide Keen, debemos disfrutar lo que nos da la ficción, lo cual es liberarnos de la obligación moral de sentir algo por personajes inventados —como lo haríamos por el sufrimiento o dolor de seres reales—; lo cual significa, paradójicamente, que los lectores a veces "responden con mayor empatía a una situación ficticia y a personajes, debido a un sentido de protección hacia lo ficticio". Finalmente Keen apoya de corazón los saludables beneficios personales de una profunda experiencia como la lectura, la cual "permite un escape de lo mundano en las presiones diarias". 
         Así que si usted no concuerda con que leer ficción nos hace tratar mejor a los demás, al menos es una forma de tratarnos mejor a nosotros mismos. Se ha demostrado que leer pone nuestro cerebros en un estado de trance placentero similar a la meditación, y nos brinda beneficios de salud similares a la relajación profunda y la calma interior. Quienes leen regularmente duermen mejor, tienen niveles más bajos de estrés, una mayor autoestima y niveles más bajos de depresión que quienes no leen. "La poesía y la ficción son dosis, medicinas," dice la autora Jeanette Winterson "Lo que alivian es la ruptura que la realidad causa en la imaginación". 
         Una de las clientes de Berthoud me describió cómo las sesiones de grupo e individuales que tuvo con ella le ayudaron a sobrellevar el desmoronamiento causado por una serie de calamidades, incluidas la pérdida de su esposo, el fin de un compromiso de cinco años y un ataque cardiaco. "Sentí que mi vida no tenía sentido," dice "y me sentía un fracaso como mujer". Entre los libros que Berthoud inicialmente le recetó estaba la novela de John Irving The Hotel New Hampshire. "Era uno de los escritores favoritos de mi esposo, [el cual] me había sentido incapaz de leer debido a razones sentimentales". Ella estaba "impactada y muy conmovida" de ver aquel autor en la lista; y aunque había evitado leer los libros de su esposo hasta entonces, descubrió que leerlo era "una experiencia emocionalmente gratificante, tanto como literatura como para expulsar mis demonios internos". También apreció que Berthoud la guiara hacia la novela de Tom Robbins Jitterbug Perfume, la cual fue "un verdadero aprendizaje para mí acerca de los prejuicios y la experimentación".

         Uno de los padecimientos en la lista de The Novel Cure es "estar abrumado por el número de libros que existe" y es algo por lo que sufro con frecuencia. Elderkin dice que esta es una de las aflicciones más comunes de los lectores modernos, y que sigue siendo una de los mayores motivaciones para ella y para Berthoud en su trabajo como biblioterapeutas. "Sentimos que, aunque se están publicando más libros ahora que nunca antes, la gente está eligiendo sus lecturas a partir de campos cada vez más pequeños. Mire las listas de la mayoría de clubes de lectura y verá siempre la misma clase de títulos, aquellos que menciona la prensa. Si de hecho usted calcula cuántos libros lee al año —y eso significa cuántos posiblemente leerá antes de morir— empezará a darse cuenta que necesita ser muy selectivo en sus elecciones para sacarle más provecho a la lectura". ¿Y cuál es la mejor manera de hacer eso? Visite a un biblioterapeuta tan pronto como pueda, y acepte su invitación, aquella que escribió Shakespeare en Tito Andrónico: "Ven, y elige lo que desees de mi biblioteca/ y con ello engaña a tus pesares…".

Este artículo fue originalmente publicado en la revista The New Yorker. El artículo original aquí

lunes, 22 de junio de 2015

True Detective 2

Largamente esperado, al menos por quienes, sin pretencioso criticismo, adoramos su primera temporada, el primer capítulo del segundo año de True Detective fue estrenado ayer por la cadena HBO. El resultado de los esfuerzos por parte de la productora para continuar el legado de lo que llegó a ser una serie de culto, parece —al menos hasta esta primera entrega— repetir la vieja frase de hecha de que segundas partes no son buenas.

En lo personal no esperaba demasiado. Mientras seguía las noticias acerca del desarrollo de la nueva temporada, mi interés y esperanzas fueron difuminándose. Los actores elegidos para los roles principales no inspiraban mi entusiasmo: el irlandés Colin Farrell, con una carrera de más actuaciones y filmes mediocres que verdaderos éxitos; Vince Vaughn, un simpático comediante ahora en los pantalones de un mafioso. Rachel McAdams, quien pese a su edad ha demostrado una verdadera evolución desde sus papeles de superficial rubia de secundaria —Mean Girls, The Hot Chick—, es quien podría añadir el personaje de arrastre a la, de momento, poco interesante historia; eso sí, si Pizzolatto consigue desarrollar un poco más sus personajes femeninos, tan ausentes en la primera temporada.

Se han dejado atrás los pantanos de Luisiana y desembarcamos en la industrial costa de California. Una serie repetitiva de tomas de altura buscan vendernos la idea de este escenario, con sus fábricas, su ambiente desértico y su desolación. El primero en sernos presentado es al detective Ray Velcoro (Farrell), quien intenta llevar a cabo su tarea de padre con su hijo obeso, débil y quizá producto de una violación. Frank Semyon (Vaughn) es un mafioso que busca legalizar sus negocios mediante un gran contrato de construcción. La detective Ani Bezzerides (McAdams) intenta llevar su vida personal —conflictos con su hermana y su padre— mientras el departamento de policía le asigna tareas menores. Y por último encontramos a un patrullero de carreteras, guapetón y sin carácter, cuya participación se limita, hasta ahora, a toparse con el cadáver que desata el whodunit de esta temporada.

Así de inconexo como lo acabo de exponer es el argumento del capítulo inicial de esta temporada de True Detective. Se extraña la dirección de Cary Fukunaga y su capacidad para darnos esa sensación de aislamiento y espacio en que encontramos a los protagonistas de la primera temporada. Su sucesor, Justin Lin, ha intentado seguir las pautas de Fukunaga, sin resultado: mientras las amplias tomas de los paisajes de Luisiana —como el coche de los detectives cruzando millas de pantanos y bosques, o el buque carguero cruzando, en el fondo de la imagen, el Mississippi— construían un escenario de soledad, pintando esa América profunda, rural, pobre y casi desconocida, sumergida en el vudú y otros antiguos ritos que construyen la temática central de la serie, Lin intenta, con sucesivas, constantes, repetitivas tomas aéreas de Vernon —‘Vista’ en la serie­— darnos un sentido de localización, que empero no consigue; la mayor parte de la acción hasta ahora se desarrolla en interiores, desconectados entre sí y carentes de la rica imaginación que los directores de arte de la primera temporada —Tim Beach y Mara LePere-Schloop— utilizaron para diseñar los dantescos escenarios que acercaron la serie al género del terror más allá del simple noir.

Pedir que la nueva temporada de True Detective siga los mismos temas de su antecesora —el asesino en serie, el crimen ritual, lo desconocido— resultaría absurdo. A favor de Pizzolatto puede decirse que no ha intentado repetir en nada la fórmula anterior de su exitoso producto, y esto ha implicado una serie de riesgos: mientras en la temporada uno tenía la ventaja estructural de usar entrevistas para explicar en detalle aspectos de la trama y de la historia personal de los protagonistas, o el tener a un personaje intelectualmente avanzado como Rust Cohle (Mattew McConaughey) para aportar la mayor parte del arrastre de la historia así como las mejores citas de la serie. Sin embargo, no ha aparecido, al menos hasta este primer capítulo, nada con qué reemplazarlos. Las historias de los cuatro protagonistas aparecen desconectadas, triviales y el episodio parece tomarse mucho tiempo para introducir lo que será la trama principal de la temporada. Ninguno de los cuatro personajes tiene un carácter que los diferencie de otros miles de policías y mafiosos de la ficción: Velcoro, policía corrupto y alcohólico. Bezzerides, policía honesta e insatisfecha, Semyon, mafioso suave, inteligente y con aspiraciones elitistas; dejo por fuera del cuadro al patrullero Paul Woodrugh (interpretado por Taylor Kitsch) que tiene tanta profundidad como una silueta publicitaria.

The Western Book of the Dead, carece de estilo, su narración es desarticulada, la premisa de la temporada —sintetizada perfectamente en la primera temporada en el escenario del árbol y la chica muerta con cuernos— no aparece por ningún lado. Ninguno de los personajes es tan atractivo para ser seguido, y el tema de la corrupción y el hampa de la Costa Oeste corre el riesgo de caer en los lugares ya vistos y tratados por otras series, tanto buenas como malas.            


Tener fe y esperar.