lunes, 22 de junio de 2015

True Detective 2

Largamente esperado, al menos por quienes, sin pretencioso criticismo, adoramos su primera temporada, el primer capítulo del segundo año de True Detective fue estrenado ayer por la cadena HBO. El resultado de los esfuerzos por parte de la productora para continuar el legado de lo que llegó a ser una serie de culto, parece —al menos hasta esta primera entrega— repetir la vieja frase de hecha de que segundas partes no son buenas.

En lo personal no esperaba demasiado. Mientras seguía las noticias acerca del desarrollo de la nueva temporada, mi interés y esperanzas fueron difuminándose. Los actores elegidos para los roles principales no inspiraban mi entusiasmo: el irlandés Colin Farrell, con una carrera de más actuaciones y filmes mediocres que verdaderos éxitos; Vince Vaughn, un simpático comediante ahora en los pantalones de un mafioso. Rachel McAdams, quien pese a su edad ha demostrado una verdadera evolución desde sus papeles de superficial rubia de secundaria —Mean Girls, The Hot Chick—, es quien podría añadir el personaje de arrastre a la, de momento, poco interesante historia; eso sí, si Pizzolatto consigue desarrollar un poco más sus personajes femeninos, tan ausentes en la primera temporada.

Se han dejado atrás los pantanos de Luisiana y desembarcamos en la industrial costa de California. Una serie repetitiva de tomas de altura buscan vendernos la idea de este escenario, con sus fábricas, su ambiente desértico y su desolación. El primero en sernos presentado es al detective Ray Velcoro (Farrell), quien intenta llevar a cabo su tarea de padre con su hijo obeso, débil y quizá producto de una violación. Frank Semyon (Vaughn) es un mafioso que busca legalizar sus negocios mediante un gran contrato de construcción. La detective Ani Bezzerides (McAdams) intenta llevar su vida personal —conflictos con su hermana y su padre— mientras el departamento de policía le asigna tareas menores. Y por último encontramos a un patrullero de carreteras, guapetón y sin carácter, cuya participación se limita, hasta ahora, a toparse con el cadáver que desata el whodunit de esta temporada.

Así de inconexo como lo acabo de exponer es el argumento del capítulo inicial de esta temporada de True Detective. Se extraña la dirección de Cary Fukunaga y su capacidad para darnos esa sensación de aislamiento y espacio en que encontramos a los protagonistas de la primera temporada. Su sucesor, Justin Lin, ha intentado seguir las pautas de Fukunaga, sin resultado: mientras las amplias tomas de los paisajes de Luisiana —como el coche de los detectives cruzando millas de pantanos y bosques, o el buque carguero cruzando, en el fondo de la imagen, el Mississippi— construían un escenario de soledad, pintando esa América profunda, rural, pobre y casi desconocida, sumergida en el vudú y otros antiguos ritos que construyen la temática central de la serie, Lin intenta, con sucesivas, constantes, repetitivas tomas aéreas de Vernon —‘Vista’ en la serie­— darnos un sentido de localización, que empero no consigue; la mayor parte de la acción hasta ahora se desarrolla en interiores, desconectados entre sí y carentes de la rica imaginación que los directores de arte de la primera temporada —Tim Beach y Mara LePere-Schloop— utilizaron para diseñar los dantescos escenarios que acercaron la serie al género del terror más allá del simple noir.

Pedir que la nueva temporada de True Detective siga los mismos temas de su antecesora —el asesino en serie, el crimen ritual, lo desconocido— resultaría absurdo. A favor de Pizzolatto puede decirse que no ha intentado repetir en nada la fórmula anterior de su exitoso producto, y esto ha implicado una serie de riesgos: mientras en la temporada uno tenía la ventaja estructural de usar entrevistas para explicar en detalle aspectos de la trama y de la historia personal de los protagonistas, o el tener a un personaje intelectualmente avanzado como Rust Cohle (Mattew McConaughey) para aportar la mayor parte del arrastre de la historia así como las mejores citas de la serie. Sin embargo, no ha aparecido, al menos hasta este primer capítulo, nada con qué reemplazarlos. Las historias de los cuatro protagonistas aparecen desconectadas, triviales y el episodio parece tomarse mucho tiempo para introducir lo que será la trama principal de la temporada. Ninguno de los cuatro personajes tiene un carácter que los diferencie de otros miles de policías y mafiosos de la ficción: Velcoro, policía corrupto y alcohólico. Bezzerides, policía honesta e insatisfecha, Semyon, mafioso suave, inteligente y con aspiraciones elitistas; dejo por fuera del cuadro al patrullero Paul Woodrugh (interpretado por Taylor Kitsch) que tiene tanta profundidad como una silueta publicitaria.

The Western Book of the Dead, carece de estilo, su narración es desarticulada, la premisa de la temporada —sintetizada perfectamente en la primera temporada en el escenario del árbol y la chica muerta con cuernos— no aparece por ningún lado. Ninguno de los personajes es tan atractivo para ser seguido, y el tema de la corrupción y el hampa de la Costa Oeste corre el riesgo de caer en los lugares ya vistos y tratados por otras series, tanto buenas como malas.            


Tener fe y esperar.

1 comentario:

Aide Hernández dijo...

Ya quiero ver completa True Detective 2 el trailer me tiene tan intrigada y me he esperado para poder ver todos los capítulos de un jalón, aunque no me he resistido a checar uno que otro spoiler