miércoles, 12 de agosto de 2015

Omega Station

Con ‘Omega Station’ la serie de Nic Pizzolatto, True Detective terminó su segunda temporada. En un post anterior daba un repaso a su primer capítulo, el cual decepcionó a todos los seguidores de la primera temporada, quienes parecían esperar, en la segunda entrega, los mismos elementos, o al menos una calidad similar. De principio a fin, True Detective 2 fue una confusa maraña de conceptos, cercanos a la experimentación cuyo resultado dejó caras largas. En sus noventa minutos de extensión el capítulo final de temporada buscaba cerrar en un solo nudo todos los hilos del enmarañado caso; y lo consigue, sin, empero, lograr levantar el nivel plano que tuvo la serie durante sus siete capítulos anteriores.

La mayor queja, por parte de los seguidores, era la complejidad del caso. La segunda, la falta de profundidad en los personajes, la tercera, los diálogos de revista pulp. En el primer capítulo nos toma una hora llegar al homicidio que desatará toda la investigación; desde ahí, cada paso hacia delante para descubrir a los asesinos de Ben Caspere, un administrador municipal de la ficticia ciudad de Vinci, CA, se da mezclado con el drama el drama personal de los cuatro personajes principales, entrada y salida de personajes secundarios, y las extenuantes tomas aéreas de la árida Costa Oeste. Desaparecidos, un robo, prostitución de alto perfil, imágenes comprometedoras almacenadas en una memoria; datos y más datos, apilándose sobre el espectador esperando que este, como ante el misterio descrito por una Agatha Christie, conecte los puntos y llegue al quién-lo-hizo, sobre el cual caerá la justicia, humana o divina.

Lo segundo es, para mí, la peor falla de TD 2: no hay verdaderos personajes a quienes podamos seguir con el interés del fanático. Aunque no quiero volver sobre la temporada uno, al menos Rust y Marty —McConaughey y Harrelson— consiguieron arrojar sobre la cultura popular citas y escenas dignas de conservar en la memoria; eran el viejo concepto de la pareja dispareja, no ya en la gastada fórmula del payaso y tipo duro, sino en la del vaquero y el Sherlock Holmes en viaje de ácidos. Ni Velcoro, ni Bezzerides, ni Woodrugh ni Semyon, los tres policías y el mafioso, llegaron más allá de despertar algo de simpatía en los televidentes. Si algo nos dejó la literatura negra de detectives son aquellos investigadores astutos, capaces de soltar líneas excelentes dotadas de cinismo y humor negro; antihéroes a su manera. Anoche, cuando empezaba a ver el último capítulo —más por curiosidad y escribir este post que por verdadero interés— me importaba realmente poco si el caso se resolvía a o no; finalmente, ¿cuál caso? Si los detectives lograban limpiar su nombre, si llevaban al estrado a los conspiradores, si Frank Semyon recuperaba su dinero, si todo volvía a su orden natural o si la detective Bezzerides recuperaba su autoestima. Las regulares actuaciones, los diálogos pobres y el casi nulo desarrollo de los personajes dejará a los protagonistas de esta temporada en el olvido.

La esencia de la narrativa negra es exponer la crudeza de la sociedad: el crimen, la corrupción, la violencia, el tráfico, todo el submundo de jerarquías que pasan inadvertidas por la mayor parte de la gente. TD 2 lo intenta, pero algo falta en su descripción: ni las residencias de los políticos corruptos, ni las tomas aéreas de las áreas industrializadas, ni los bares consiguen un tono de realismo superior al de cualquier seriado que hemos visto en los últimos treinta años, ya sea The Fall Guy o Hunter.


¿Y dónde han quedado los elementos literarios de la serie? Mientras la primera temporada fue un caldo de referencias a novelas, poemas, cuentos, filosofía y demás, la segunda temporada se limitó buscar el realismo del género criminal, mucho mejor explotado por The Wire. Esperemos que las cosas mejoren en una posible tercera temporada.