martes, 22 de septiembre de 2015

La esfera de acero


Escribir no es fácil. Tiempo atrás me preguntaba en otro post sobre qué era escribir bien, y lo cierto es que no he dejado de preguntarme qué es buena escritura, no, como podrá creer quien escuche por primera vez la pregunta, qué es una buena novela, o un buen cuento. Sabemos bien qué es: un texto con cierto formato que satisface a su lector. Las calificaciones o descalificaciones a novelas sobre distopías y vampiros adolescentes, o sobre cuentos de terror, son material de trabajo de críticos y académicos, que en nada interesan al hombre o la mujer quienes, en la fila del supermercado, deciden llevar esa novela, de trama atractiva, disponible entre las revistas de noticias y chismes. No. Saquemos por un momento el producto de su empaque. Vertamos la bebida soda e ignoremos la marca y a su creador para evitar los prejuicios. ¿Qué es la buena escritura?

Me temo que al hacer esta pregunta, así, en esas condiciones, esté exigiendo saber algo como la composición del universo —¿qué es el todo?—. Y no pretendo saber de qué está hecho todo, así la respuesta fuera nada más “herrumbre y polvo de estrellas”. La escritura es una acción intervenida por múltiples factores, así como la lectura. La mente del emisor y la del receptor están mediadas por el mismo texto, mas la interpretación puede verse alterada por toda suerte de razones y elementos, incluida la fuente empleada en la publicación, si es que el escrito no está hecho a mano. Me gustaría decir que la buena escritura es eficiente, porque eficiencia es la justificación de los productos de consumo: una bebida refrescante, un analgésico que debilita el dolor, un colchón cómodo. Siendo así la mayor parte de los textos dispuestos en nuestro mundo cotidiano son ejemplos de buena escritura. Pero no son literatura.

¿Qué hacer? El texto literario no se limita a un propósito, sino que afecta —como debe hacerlo el verdadero arte— en múltiples niveles. Las libertades del arte, por demás, dificultan nuestra intención de establecer un parámetro de qué es la buena escritura —a lo demás, a la expresión por escrito con una intención puramente comunicativa, lo llamaremos redacción—. Y hay algo más. Aunque un autor siga a cabalidad los principios de claridad, concisión y gramática correcta, factores como técnica discursiva o habilidad narrativa, pueden estar fuera de su alcance. Con esto último en mente, eliminemos el factor argumental en nuestro análisis de lo que es la buena escritura. Muchos han disfrutado las más entretenidas historias sin que estas fueran dueñas de una prosa cuidada. Los relatos de detectives, o las tramas de suspenso político no esperan deslumbrar al lector con párrafos ribeteados de poesía; esto podría incluso ser una distracción y ralentizar el desarrollo de la historia.

Una posible salida a nuestra incógnita es pensar en la individualidad del lector. No siendo un objetivista, admito que cada persona construye sus preferencias con respecto a lo que es una buena escritura literaria, y que estos gustos mismos se irán alterando con el paso de los años, las lecturas continuas, y su variedad. Es innegable que el arte se construye a partes iguales, entre la mente del artista y la de su espectador, mas son los públicos formados —en este caso específico los lectores más ávidos— quienes tengan la palabra ante la pregunta de si un texto vale o no la pena.
Una atracción por cierto elitismo —que nos persigue a todos y todos ejercemos de una manera u otra— lleva a que los lectores de “ficción literaria” desprecien de tajo la ficción de género y los superventas, así que la búsqueda por la buena escritura se vería restringida por el prejuicio si solo contáramos con la palabra de los “lectores serios”. ¿Dónde encontrar entonces la buena escritura? Tal vez en delimitar la pregunta correcta demos un gran paso adelante. ¿Dónde?

Posiblemente en la oración. El conjunto de palabras con un sentido concreto es uno de los múltiplos del texto, sea literario narrativo, lírico, o simplemente argumentativo, caso de la crónica y el ensayo. Siendo así, ¿qué hace una buena oración? Pues la buena oración es, para ponerlo de este punto en adelante en un sentido metafórico que facilite la visualización, una esfera de acero.

Primero, su sentido es completo, redondo, sin apéndices que la hagan incompleta, y en sus 360 grados su peso se encuentra perfectamente distribuido. Se ha pulido perfectamente; no hay sobre su superficie ninguna laceración o desgaste que detenga la vista y distraiga del todo. A pesar de su sencillez es pesada, no está hecha para cargarse en el bolsillo, sino que merece un lugar especial en casa como elemento ornamental. Por último, en ella se reflejan muchas cosas. Una buena oración no se limita, entonces, a añadir información necesaria para la comprensión del relato por parte del lector. Una oración como “María salió y cruzó la calle”, aunque esté correctamente redactada, no tiene peso, ni belleza, es incompleta y totalmente olvidable. Tampoco está suficientemente pulida; su autor necesitaba narrar el desplazamiento de un personaje, aunque dicha acción no fuera necesaria, y usó dos verbos cuando uno de estos sobra —María no habría podido cruzar la calle sin salir de donde estuviera—. No vemos nada en esa oración, ni un donde o un cuando; si nada trascendente ocurre entre el salir y el cruzar la calle por qué nos entregas, oh escritor, esta información; por qué nos quitas el tiempo y nos entregas esta roca.


Existen novelas sin argumento, sin conflicto; historias que empiezan in medias res y prosiguen hasta un punto indeterminado en que se ha puesto punto final. Y no obstante, pese a la ausencia de los tres actos, de puntos de giro o de un clímax, son buenas novelas. La narrativa es importante, pero una prosa legible, de largo aliento, lo es también. Tomarse el tiempo, y tener la capacidad para pulir cada oración hasta que esta sea perfectamente redonda y brille como un espejo, sin perder su peso, tiene que ser el deber de todo escritor interesado en ir más allá de la redacción de narrativa en prosa.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Malgré une photo

Hay una historia que he de haber escuchado un centenar de veces. Un hombre aparece en una playa española, ahogado y, tras la revisión rutinaria de la policía, encuentran en él documentos sobre las operaciones de invasión británicas de las próximas semanas. Alertados los alemanes, alteran su disposición defensiva, con lo cual caen en una trampa creada por el MI6. Entre millones de muertos, solo algunos llegan a cobrar relevancia en la historia.

Aylan Kurdi, el niño de tres años cuyo cadáver bocabajo en una playa turca ha llevado a muchos a la consternación, es solo uno de las decenas de muertos que ha cobrado la ola de refugiados e inmigrantes que se ha volcado sobre Europa y las américas durante los últimos dos años. La revista The Atlantic presenta los siguientes números:

El número de inmigrantes que han cruzado las fronteras europeas este año: 340.000. Siria —en medio de una sangrienta guerra civil— es la mayor fuente de inmigrantes. El conflicto ha generado 4 millones de refugiados. De estos, 1.9 millones están en Turquía, 1.1 millones están en Líbano, 629,245 en Jordania, 1.500 en Estados Unidos, y cero en los estados del Golfo, incluyendo Arabia Saudita”.

Refugiados somalíes se ahogan en el Mar Rojo. Otros, sudaneses, mueren intentando alcanzar Italia. No hay fotos de niños varados en una playa, ergo el impacto es menor; la indignación se limita a un comentario en Facebook bajo la noticia que aparece entre los resultados del partido de fútbol y las peor vestidas de los premios musicales. Y esa indignación no es otra cosa que no parecer fríos e indiferentes ante las tragedias mundiales, de otra manera seremos considerados inhumanos frente a nuestros congéneres. Nada cambiará por retwittear la foto de Aylan Kurdi, añadiendo un “qué horror”. En suma, nada se consigue por demostrar un impacto emocional más allá de sentir que cumplimos nuestro deber cultural ante la tribu, como occidentales modernos y humanistas. Algunos, claro, no se limitan a expresar su dolor cívico; hay que encontrar culpables. Como no están tan enterados del asunto, y acaso tienen dos o tres referencias geográficas, apuntarán su alegato contra los Estados Unidos, o Europa, o Alemania. Estados Unidos —según la falsa izquierda de cafetín universitario— es la culpable de todo bajo el cielo; Europa —por la que soñarían pasearse y autorretratarse junto a sus museos y plazas— tiene su cuota de culpabilidad, por ser rica, capitalista, mayoritariamente blanca, y socia militar de los bellacos gringos.

Hecha la tarea de compartir la foto del niño ahogado, señalar que Estados Unidos es el causante de esto —Canadá tendrá también su responsabilidad por no prever que al no concederle asilo a la familia de Aylan este terminaría falleciendo—, los intelectuales de red social se sentirán mejor al reforzar ante sus círculos sociales su posición humanista. El resto de las situaciones referentes a los conflictos de Próximo Oriente les tendrá sin cuidado, hasta que la próxima foto impactante les dé alcance.

Hacia el final de La guerra de los mundos, Wells, o su narrador, afirma que la muerte de ningún hombre (humano) es en vano. Eso nos gustaría, más es incorrecto. Toda especie animal afronta sus millares de muertos, y al final del día, cuando la tendencia en redes sociales deje de ser el pequeño Aylan Kurdi, ni la situación en Siria, ni la crisis humanitaria por los refugiados, ni el mercado de valores, ni la geopolítica, se verán afectadas por su cadáver ahogado. Entre tanto, Le Monde ha debido pedir disculpas por dejar que una publicidad de Gucci —en que una modelo yace sobre una playa— quedase en la misma página de la foto de Kurdi. De nuevo, el presidente sirio Bashar Al-Assad no cesará su guerra de terror, ni las bandas de señores de la guerra que combaten a su gobierno dejarán las armas. La corriente de refugiados seguirá fluyendo, con su costo de ahogados, mas debemos ser nosotros, políticamente educados occidentales, quienes asumamos el costo moral por el fascismo, el guerrerismo, el nacionalismo y la criminalidad religiosa del resto del mundo. Ni Rusia, ni China, potencias económicas y militares, dejarán de enviar armas a la región; tampoco cambiarán sus políticas ante el copie-y-pegue masivo de la foto del pequeño Aylan; ni recibirán a un solo refugiado.