domingo, 15 de noviembre de 2015

Rey, dama, valet

Vladimir Nabokov presenta una condición rara en el diagrama literario universal; es uno de los escritores estadounidenses más grandes del siglo XX, con una estatura que rivaliza con Hemingway, Faulkner y Capote, y es al mismo tiempo uno de los escritores rusos más importantes de su tiempo. Si bien la Rusia del siglo pasado no consigue hacer la menor sombra a lo que fue durante el siglo diecinueve, Nabokov llegó a ser uno de sus autores más relevantes. Estas son las dos edades del cazador de mariposas: los años rusos y los años americanos. Los primeros empiezan con Mashenka (1926) y terminan con El hechicero (1939), siendo esta, en más de un sentido, el borrador de Lolita. Tras cruzar el Atlántico, huyendo de la guerra, Nabokov abandona su amada lengua rusa, para usar un profesional inglés, empezando con La verdadera vida de Sebastián Knight (1941), terminando con El original de Laura, cuyos fragmentos finales debió escribir en 1977, para ser póstumamente publicados en 2008.
            Rey, dama, valet es la segunda novela de Nabokov, y se desarrolla en la Alemania que el autor ruso conoció antes del inicio del ascenso de los nazis. La historia, básicamente un triángulo amoroso con resultado trágico: Martha, la joven esposa de Kurt Dreyer, un comerciante berlinés, se siente muy atraída por Franz, el sobrino de aquel, un muchacho de provincias recién llegado a la capital alemana. Aburrida de la vida conyugal, inicia una aventura con el joven, y conforme avanza la relación la idea de deshacerse de su esposo le atrae al punto de poner en marcha un plan para asesinarlo.
             El lenguaje del original ruso, traducido por Dimitri Nabokov, y de ahí vertido al español en que leí la novela, no permite vislumbrar esa prosa de la cual el autor estaba tan orgulloso. Se trata sí, de una obra de juventud, y le puedo reprochar ciertos rasgos, como la narración omnisciente que permite al lector leer los pensamientos de los tres personajes en juego. La dama se nos presenta como una mujer manipuladora, el rey como un hombre disociado de la realidad de su hogar, y el valet como un pusilánime sin otra razón para su actuar que satisfacer el deseo que le genera la esposa de su tío.
            Durante la lectura no pude evitar pensar en Kafka; y no solo por el nombre del joven amante. Novelas como El ojo y La defensa ofrecen una construcción kafkiana, una influencia visible en la descripción de las pensiones donde habitan sus protagonistas, las calles oscuras de la Europa entre guerras, la burocrática y deshumanizada condición de los hombres que se ven entregados al arbitrio de la trama. Dreyer es el regente supremo del mundo al cual ingresa Franz; la ciudad, el empleo, la posibilidad de iniciar una vida adulta en el mundo de los negocios, son los sueños que se ven quebrantados cuando la bella Martha decide hacerlo suyo. Aunque Dreyer ya no consigue el favor conyugal de su esposa, ni su amor o siquiera su cariño, y acaso débilmente algún respeto, son sus propósitos comerciales los que consiguen mantener a flote el pequeño paraíso que gobierna. Su esposa envidia la felicidad burguesa, y está dispuesta a desmontar el escenario de perfección en que ella misma se ha sumergido. Ha evitado antes la infidelidad solo por miedo a perder las ventajas de su posición social. Al sentir el paso del tiempo, y ante la presencia de Franz, decide consumar su deseo de libertad, sin el riesgo de perder sus privilegios económicos.
            Como fanático relector de Lolita, no dejo de apreciar las conexiones temáticas entre esta novela escrita en ruso y la obra maestra por la que es bien conocido el buen Vladimir. La obsesión por algo o alguien; por unas condiciones de vida distintas, por ser otro o ser el otro. Franz desea ser su tío, contar con el dinero y el respeto de la sociedad, Martha desea ser una mujer joven y libre, y solo Dreyer parece satisfecho. También es posible encontrar al hombre mecánico, tema tan kafkiano como nabokoviano; para modernizar su negocio, Dreyer invierte en unos novedosos autómatas, capaces de desfilar las prendas que se venden en el almacén. Franz, cuyo valor puede cumplir los intereses de ambas partes —su tío un heredero, su tía un amante, un nuevo esposo, más acorde a la edad que ella siente—, se transforma en una pieza del juego, y aunque sea sobre él quien recaiga el foco narrativo la mayor parte del relato, no cabe duda que los verdaderos protagonistas de la trama son la pareja de esposos.

            Novelas como Rey, dama, valet corresponden a un tiempo en que Nabokov, no solo trabajaba en su lengua materna, sino que se entretenía tejiendo historias sobre pequeños conflictos cuyo desarrollo ocurre entre callejones y residencias; estas tragedias y luchas de seres corrientes resultan casi lo opuesto a los mundos y retos estéticos que construye el novelista en lengua inglesa. El lector apenas tiene una visión del Berlín de Nabokov, mientras que en Lolita el escenario se extiende por la totalidad de los Estados Unidos, y en Ada o el ardor la historia se encarga, nada menos, que de un mundo entero. Queda preguntarse si la vida de estudiante, de refugiado y de pobreza del cazador de mariposas en Europa, y la existencia más holgada del mismo, entre América y Suiza, son la razón de esta diferencia conceptual.

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