lunes, 22 de febrero de 2016

El cine era mejor que la literatura

Entre las múltiples necesidades del ser humano, la comunicación es aquella que le permite erigir sociedades mediante un orden que supera la simple jerarquía impuesta por la fuerza bruta. La comunicación permite, además, replicar, mediante el diálogo, fenómenos y secuencias de situaciones pasadas, dando así origen a la narración. Sin otros medios que la oralidad, y más tarde la letra escrita, la literatura fue el arte principal de la narrativa. Incluso el teatro puede verse como un apéndice de la literatura oral, anudado a otras formas expresivas. El cine, como la imprenta a la narración oral, permitió rebasar las limitaciones del escenario teatral, y cada año, desde su origen, la tecnología ha permitido romper hasta con los límites de lo que era posible contar con imágenes.

Considerando lo anterior llegué a preguntarme, hace poco, si el cine era realmente un arte independiente, o una extensión más de la literatura oral. Esto no tiene respuesta, si es que la pregunta realmente es relevante. El cine es el cine, y lo valoramos por lo que cada película puede aportar. Tiene, en cuanto a su producción, múltiples desventajas frente a la literatura contemporánea, y aunque alguien, en los próximos años, consiga escribir, filmar, editar y distribuir una buena película, sin usar otra cosa que una cámara personal, el llamado séptimo arte seguirá exigiendo toneladas de dinero para crear sus contenidos. Y tal vez gracias a esto el cine asegura algo que suele escapársele a la literatura: control de calidad artística.

Quienes, al simplificar las cosas, suelen ver al cine contemporáneo —y especialmente la producción estadounidense de la Costa Oeste— como un vertedero de basura, incapaz de llevar a la pantalla algo que merezca el calificativo de “arte”, negarán por principio este concepto del control de calidad. Sí, todos los Michael Bay de Hollyood, y sus seguidores independientes, los autores de Sharknado y Birdemic generan una parte considerable de lo que llega a las grandes pantallas y el streaming. Simplemente entienden que el costo para producir su burdo entretenimiento es inferior a las ganancias obtenidas gracias a unos espectadores fáciles de complacer. Debido a esta falta de principios, y, del lado opuesto, el compromiso con el hacer buen cine, se puede establecer un margen entre ambos campos. Quedarán aquellos que, en un noble, pero tal vez perezoso esfuerzo por crear obras maestras, no consigan sino engrosar la lista de bodrios de la cartelera; mas ese grupo ocupa apenas la delgada línea entre cineastas y pornógrafos.

Gracias a YouTube —que camina cada día a convertirse en una de las mejores universidades en línea—, he descubierto a cierto grupo de youtubers dedicados al estudio crítico del cine. Desde simples reseñas, hasta detallados análisis a aspectos como composición, estructura narrativa y sonorización, estos apasionados del cine me han permitido entender que, construir una película, requiere un esfuerzo logístico, técnico y artístico como no hay en ninguna obra escrita. Una gran película habrá puesto en coordinación tantos elementos que, si se toman uno por uno, habría parecido una tarea imposible. Y lo mejor es que, la mayor parte de este magnífico trabajo, pasará totalmente inadvertido. Nos emocionamos en la sala, o nos preocupamos, seguimos atentos los pasos del protagonista u odiamos al adversario, y todo, en buena medida, se ha conseguido con efectos estéticos, como la composición de la música de trasfondo, la situación de los personajes frente a la cámara, los detalles en los escenarios, o incluso el doble significado de diálogos y acciones que ocurren en el trasfondo.

Mi segunda pregunta ante todo esto es, ¿está la literatura interesada en ser tan elaborada? Y pienso que no. Los escritores pueden tener una posición muy clara al respecto: el cine y la literatura no compiten, ¿y si ya existe aquel, por qué esta trataría de emularlo? Simplemente porque no parece haber tanto compromiso ya en el arte escrito como pudo haberlo existido en otras épocas, o como puede todavía persistir en la mente de contados autores. Hoy en día pareciera que los autores siguieran una rutina de formación y trabajo igual a la de un artesano anterior a la revolución industrial. Naces, creces, entras a colaborar como ayudante en un taller; con suficiente práctica pasas a ser un oficial, y con los años y la experiencia acumulada en manos llenas de cayos y una espalda encorvada, te haces maestro. Los talleres de escritura están ahí; recibiendo adeptos al oficio y a quienes, por ingenuidad, esperan lograr la fama y el reconocimiento a partir de recetas y pruebas. Y mientras un taller artesanal podía tener a un ayudante en el mismo rango por años, los talleres de escritura esperan graduar “escritores” en cuestión de semanas, meses, un par de semestres o, si se trata de una carrera universitaria, cuatro años; pague sus derechos de grado y aquí tiene su diploma.

La diferencia entre artesanía y arte —y perdonarán que me ocupe de algo tan obvio— es que el primero provee una solución a una demanda específica —o solía hacerlo, antes de ocuparse mayoritariamente de producir cachivaches decorativos—, y el arte un discurso sobre las emociones. Con menos de un mes de práctica se puede aprender a tejer bien un cesto; con años de tejer cestos, estos serán más resistentes; mas en la larga carrera de la vida no pasarán de ser cestos de mimbre hechos a mano. El artista, por otra parte, sabe que no hay un límite a la complejidad y grandiosidad de su obra; que aún años de esfuerzo y estudio no consigan fructificar en productos capaces de tocar esas fibras en el espectador o el lector que desea tocar. Lo triste es que el interés por alcanzar esos estratos de genialidad artística están siendo revaluados por artistas, críticos, e incluso —siendo esto lo más lamentable— el público.

La amplitud del mercado del superventas es menos triste que la mediocridad de los autores de “ficción literaria”. Esas mujeres y esos hombres que han conseguido llenarse los bolsillos con suspensos y dramas eróticos, aventuras en realidades paralelas o universos de magia, saben, como el artesano, que están llenando una necesidad vital para sus lectores. Estos reciben su cesto y quedan satisfechos. Hay suficientes textos en una librería, entre las novedades, para ocupar la mente de un lector liberal por años. ¿Qué hacen los creadores de ficción literaria? Forjarse una leyenda y vivir de ella.

No importa cuán mediocre pueda ser la próxima novela de Murakami, o de Almudena Grandes. Las revistas especializadas, Goodreads o los académicos pueden destrozar desde sus banquillos a estos escritores; sus fanáticos, sin embargo, los amarán más allá de la muerte. El fanatismo es difícil de curar; algunos equipos de fútbol, pese a su reiterada mediocridad, siguen vendiendo camisetas y boletos. Así pasa con los autores; tienen lectores, pero —y esto lo han reforzado las redes sociales— tienen fanáticos.

Incluso yo debo decir que cometo el mismo pecado. Tras leer Our Kind of Traitor me doy cuenta lo regular y estandarizado que se ha tornado John le Carré. Mi cariño por el autor de Tinker, Tailor, Soldier, Spy, The Spy Who Came in from the Cold y The Night Manager —cuya adaptación en miniserie me tiene emocionado— no me hará desistir de leer sus próximas obras. Tal vez algo similar me ocurre con Amélie Nothomb, a quien sigo como otros siguen los pasos de las celebridades del cine. ¿Y acaso no habrá encontrado ella también su regularidad? Su costumbre de escribir durante cuatro horas, a mano, terminar dos manuscritos por año y enviar uno a la imprenta, segura de que será editada y distribuida sin importar las posibles tachas en su nueva novela que, debido a los años, ya no puede ver, ese hábito no se habrá convertido entonces en el colchón que, al ser tan cómodo, la ha sumido en el sueño…


La reflexión final caería en el aspecto editorial. En el complicado mercado del libro un editor llorará de emoción si se topa con una mina de oro como lo es un autor que fácilmente atraiga fieles; alguien quien, cada año, como Isabel Allende, pueda poner en la mesa de novedades un producto que se comprará sin mayores miramientos. ¿Lo dejaría ir? ¿Le rechazaría una novela al encontrarla burda y superficial? El amor de un lector es tan ciego como cualquier otro amor, y el de un editor corriente por el dinero lo es mucho más.

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