sábado, 9 de abril de 2016

Los tiempos del ruido

Batman vs Superman: Dawn of Justice, tal vez la película más esperada del presente año. Los fanáticos del cine de acción y superhéroes hacían filas kilométricas, no tanto para ser los primeros en un estreno multitudinario, sino para demostrar su irreductible amor por todo lo que se ponga en cartelera referente a fantasía y aventura. Estamos en el tiempo en que ser es, más que hacer, exponerse ante las redes sociales; el autorretrato con la camiseta oficial de la película en la larga fila ante el teatro, soportando el frío de la noche. La crítica, cada vez más alivianada en cuestiones específicas de géneros de ficción, atacó duramente la película de Zack Snyder y los lectores de cómics —una población a quienes los productores se dirigen con cuidado— han empezado campañas contra Snyder, Ben Affleck —quien interpreta a Batman y produjo la cinta— y los propios estudios por crear una cinta que, si bien no se hundió hasta las profundidades abisales de Catwoman o Batman and Robin, ha encendido más ira que culto.

Los pecados de B v S empezaron, para muchos, con la elección de Affleck en el papel del caballero de la noche. Menos oposición se presentó cuando Henry Cavill se vistió con el traje azul y rojo de Superman. Los millones de Affleck le permitieron cumplir su sueño de ser Batman, aunque el hijo de los suburbios de Chasing Amy o Good Will Hunting carece del estilo que requiere ser un millonario como Bruce Wayne.

No hay mucho que decir sobre la actualización de ambos superhéroes. El hombre de acero de Snyder carece de la luz y energía positiva que representa Superman como exaltación del optimismo estadounidense; es un ser frío, incapaz de sonreír, a quien en algunas escenas se le muestra como una aparición divina y no como el amigable personaje de los cómics y las películas de Christopher Reeve. Batman no se alejó mucho del universo que vimos en la trilogía de Nolan, con la Baticueva donde lo más avanzado en tecnología se usa para combatir el crimen —el diseño del batimóvil, por ejemplo, es casi una réplica al de Batman Begins—. Y claro, tenemos la aparición de Wonder Woman, posiblemente la súper heroína más importante del mundo de los cómics, y quien, salvo por el breve seriado de Lynda Carter en los años setenta, ha carecido siempre de una representación en carne y hueso. La modelo israelí Gal Gadot fue la elegida para interpretar a la amazona creada por el sicólogo William Marston. Al igual que Superman, Wonder Woman se ha decolorado por completo a tonos de plateado y bronce, y se le ha armado de espada y escudo.

En los tiempos que corren resultaría ingenuo quejarse por el uso de gráficos a computador en un filme fantástico como Batman v Superman. Contra lo que sí deberíamos seguir ofreciendo una resistencia es la mala escritura, o su corrupción por parte de los peldaños más altos de la pirámide del cine y sus intereses creados. ¿A quién debemos achacar el desastre que es esta película? ¿A Snyder?, ¿a Affleck?, ¿A Warner Brothers y su competencia “todo se vale” contra las franquicias de Marvel Comics?, ¿acaso Chris Terrio?, guionista principal de esta película. Terrio, bajo la dirección de Ben Affleck, escribió Argo, no solo una buena película por mérito propio sino una historia verídica alimentada sin burla ni pompa para la gran pantalla. Tal vez el reto de enfrentar a los dos héroes más famosos de la modernidad fue demasiado. Tal vez se limitó a ser un amanuense al servicio de una industria productora de camisetas, juguetes, videojuegos y más películas.

Tantos compromisos con los productores, el poco respeto hacia los fanáticos y menos aún ante el público general, que irá a ver la película porque, según dictamina la cultura general, al cine de acción y fantasía se acude a no otra cosa que a llenarnos de maíz tostado, bebernos una soda y pasar el tiempo para no pensar en nuestra vida real hasta que salgan los créditos y se enciendan las luces. La próxima película de Superman, de nuevo dirigida por Snyder, está ya en plena producción, y a los fanáticos se les ha entregado detalles sobre el proyecto de Liga de la Justicia. La meta es simple: hacer dinero en una industria que se desmorona como el uranio. El ideal de otro tiempo de producir adaptaciones de calidad parece haber muerto mientras se ahonda la brecha entre el cine de entretenimiento y el así llamado cine-arte.

Dos horas y media de ruido, luces enceguecedoras, una explosión tras la siguiente, y la siguiente y la que le sigue… Metrópolis (o Ciudad Gótica), destruidas en esos escenarios apocalípticos que han infestado las salas de cine desde que Michael Bay descubrió los efectos por computador, secuencias de sueño y memorias sin aportes relevantes, y Jesse Eisenberg, actor competente cuando se le deja trabajar, convirtió a uno de los mejores villanos de la ficción, Lex Luthor, en un mal imitador del Joker, o tal vez del Moriarty de la serie Sherlock.


The Dark Knight consiguió una lluvia de premios, el respeto de la crítica, la anonadada admiración de un mundo de fanáticos y ha quedado en la memoria colectiva como una de las mejores películas de súper héroes jamás hechas. Y si bien las otras dos películas de la trilogía de Christopher Nolan no superaron los elogios de esta segunda entrega, no se alejaron demasiado y han conservado el respeto de los espectadores. ¿Cuánto tardará en aparecer el siguiente Nolan? Tal vez en unos años, tal vez nunca.

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